sábado, 9 de julio de 2016

6-07-2016

Esta semana he tenido la oportunidad de conocer a un ser humano increíble. Se trata de un pianista que toca dejando ver todas las horas de práctica que le han llevado hasta donde está ahora, pero que aún así parece que lo hace con menos esfuerzo del que le cuesta a cualquier otro ser humano estar tumbado en una cama. Y ahí estaba yo, en el sofá de su salón, escuchando con cara de idiota y preguntándome cómo era posible. Mientras tocaba me decía sus próximos planes, entre los que ahora se incluye tocar algo conmigo cuando vuelva de su próximo concierto en el extranjero. Aunque solo sea en su casa y nadie nos vaya a oír creo que aparte de estudiar muchísimo las próximas semanas no voy a poder pegar ojo de la emoción.

lunes, 13 de junio de 2016

Conexión

Pasa algo curioso cuando una persona hace música: no puede mentir, engañar ni ocultar. Y es que no importa lo que toques, ni cuántas veces, porque cuando haces música todo queda reflejado en ella. Tensión, ansiedad, alegría, tristeza, amor... Sea lo que sea lo que llevas dentro la música lo va a exponer. Es por eso que si no pones en ella todo lo que llevas dentro no vas a conseguir hace música: porque se nutre de los sentimientos y los transmite.

domingo, 5 de junio de 2016

1-06-2016

Estoy hasta los mismísimos de que todos los profesores de inglés se me meen en mi trabajo. Entiendo que no lo sé absolutamente todo, y acepto y aprendo de mis errores. Lo que no soporto es que venga cualquiera que, por tener una carrera y más años que yo crea saber más. Estudio inglés desde que tengo 5 años, siempre con nativos, y desde entonces no he dejado de aprender algo nuevo en ese idioma ningún día. Eso significa que aprendí inglés casi al mismo tiempo que español. Mientras tanto, viene alguien que estudió X carrera y aprendió algo de inglés en ella y da clases en cualquier lado, cuando pronuncian igual que cualquier estudiante actual de primaria. Me da igual que hayan estudiado magisterio, turismo, traducción o que hayan vivido en Inglaterra varios meses. La realidad es que siempre he tenido que aguantar correcciones injustas, innecesarias e, incluso, incorrectas. Sí, incorrectas. Y esto lo sé no porque lo diga yo, sino porque ante las dudas siempre consulto a profesionales cualificados (nativos con título para impartir clases del idioma, y no el primero que pasa por delante). Pero, claro, como me dijeron la última vez: "cuando hay un alumno con buen nivel, siempre es difícil marcar la línea entre alumno y profesor. Por eso se hacen esas correcciones: para demostrar quién manda".

Y ahora me pregunto yo: si no tienes buen nivel, ¿quién narices te permitió dar clases?

lunes, 30 de mayo de 2016

Frustración

Durante un tiempo, la frustración fue tan grande que pensaba que me iba a morir. Luego me di cuenta de que difícilmente puede alguien morir de frustración. Ojalá fuera así, pero no se puede. No, la frustración te hace algo peor: te come desde dentro, te arranca de lo que más quieres y se lleva tus ganas de vivir; pero no te remata, sino que te deja vivo para que aprendas una valiosa lección: en realidad no tienes el control de nada. Sin embargo, también se aprenden lecciones más alegres de una experiencia así. Se aprende, por ejemplo, que la frustración pasa, y en ese maravilloso momento te das cuenta de que después del mal trago todo lo que te rodea sigue igual. Mientras tú estás invadido por el terror, el resto del mundo permanece impasible y eso, aunque no lo parezca, es una ventaja. Es una ventaja porque, mientras el mundo sigue como siempre, tú has sobrevivido a una experiencia que te ha hecho crecer.

lunes, 23 de mayo de 2016

¿En serio?

Catorce de mayo de dos mil dieciséis: los domingueros siguen existiendo.

Increíble, ¿verdad?¿Que no? Pues debería serlo. Vivimos en el futuro, ¡por el amor de Dios! Hoy en día cualquiera tiene un superordenador en el bolsillo. Cualquier niño de apenas 3 años puede manejar dicho ordenador. Cualquiera se puede comunicar con alguien que está al otro lado del globo sin llegar a tardar un par de segundos en hacerlo. Las carreras de drones ya son un deporte. Si esto no es el futuro, nada va a serlo.

Sin embargo, y a pesar de todas estas condiciones futuristas, los domingueros siguen existiendo. Los domingos, cerca de la media mañana, montones de conductores salen con sus familias a lucir sus carnets obtenidos en tómbolas, por carreteras que no conocen, sin preocuparse por absolutamente nada más que por lo mucho que están disfrutando su paseo dominical. ¿Y qué pasa entonces con los demás usuarios de la carretera? Pues o se arman de paciencia y se hacen partícipes del ambiente, apreciando el paisaje sea cual sea, o simplemente se fastidian pero sin apreciar el paisaje.

Año 2016: la gente lleva en sus bolsillos ordenadores más potentes que los que se usaron para mandar al hombre a la luna por primera vez. Hay páginas de internet con comunidades mayores que poblaciones tienen algunos países. Ya existe un proyecto en prueba de un traductor en tiempo real; un cacharrito que te puedes poner en la oreja para escuchar en tu idioma a alguien que te está hablando en un idioma distinto. Vivimos en el futuro, no hay duda. Y de lo que tampoco cabe duda ¡es de que los domingueros siguen existiendo!

domingo, 22 de mayo de 2016

20-5-2016


No recuerdo bien cómo he llegado hasta aquí. Sólo sé que tengo darme prisa en cambiarme. Hay muchas cosas que preparar; mucho por hacer. Un camarero pasa a mi lado apresuradamente. Intento centrarme, y busco una habitación en la que cambiarme.

Entro en la habitación más cercana. Tiene unas grandes ventanas que permiten que el interior se vea desde la carretera. El día está despejado. Me acerco al cristal para apreciar mejor las vistas. Justo en ese momento aparece en escena un deportivo rojo descapotable: su conductora no me quita ojo. El pañuelo que cubre su pelo canoso ondea al viento. Su vestimenta deportiva no encaja con su mirada penetrante y su serio semblante. En cualquier caso, decido que el baño sería mejor lugar para cambiarme. Entro y reviso la ropa que traigo en mi bolsa: hay un traje elegante, una camisa blanca, unos pantalones de pinza y un chaleco beige. Me decido por la opción más formal: el vestido. En ese momento me doy cuenta de que incluso el baño tiene ventanas que dan a la calle y decido que es mejor buscar otro sitio  para cambiarme.

                     En mi búsqueda del lugar idóneo para llevar a cabo mi tarea me veo en la obligación de cruzar el gran patio central de esta extraña casa. En el patio está el mismo camarero de antes, dando órdenes a varios sobre qué poner en la mesa que acaban de colocar. Al verme observando lo que hacen, se me acerca y me pregunta por qué no me he cambiado aún.

- Ve y cámbiate de una vez. La reina está a punto de llegar y tiene que estar todo listo - me apremia.

¿Reina? ¿Qué reina? Yo no conozco a ninguna reina. Sin embargo, parece que tengo que comer con ella. Tampoco sé si se trata de una cena o de un almuerzo. Aún es de día, pero desconozco la hora.
Paso a la segunda habitación. Esta no tiene ventanas, así que decido cambiarme. Cierro la puerta y, justo cuando voy a cambiarme, aparece el mismo camarero de antes anunciándome que la reina ya ha entrado en la casa y en unos minutos estará en el patio. Me asusto por lo repentino de la entrada del chico. Al moverme, piso el traje que tengo en la mano y pierdo el equilibrio. Siento que me caigo, pero no llego al suelo: un hombre de pelo negro rizado y composición robusta me coge justo a tiempo. No sé quién es, pero por la edad podría ser mi padre. Me sonríe. Su sonrisa me tranquiliza. El tiempo se detiene.

- Será mejor que te pongas la camisa y el chaleco. La cena no va a ser lo bastante formal para llevar ese vestido. Voy a estar fuera si necesitas algo. Cámbiate rápido, ¿vale?

Así que es por la tarde y vamos a cenar. Al menos ya sé algo más que antes. Además, la cena no va a ser demasiado formal. ¿Cómo de informal puede ser una cena con una reina? La cabeza me da vueltas. Aparte de los acontecimientos recientes, lo tengo todo en blanco. Una espera niebla ocupa el lugar de mis recuerdos. Salgo de mis pensamientos e intento darme prisa. Todos parecen apurados, y no debería hacer que esperasen más.

Me pongo los pantalones, la camisa y el chaleco y salgo al patio. La mesa está lista y ahora los camareros esperan pacientemente. Justo a tiempo. Me dirigen hasta el que va a ser mi asiento durante la velada. Espero de pie junto a mi sitio. Mientras, echo un vistazo alrededor y descubro que voy a estar frente al hombre que me ayudó. Es mi día de suerte.

La cena transcurre de forma tranquila. En realidad parece animada, pero yo solo me fijo en mi plato. En segundo plano están las manos de mi vecino de enfrente. Levanto la vista. Parece muy interesado en la conversación que hay en la mesa. Miro a la izquierda y veo, en el puesto que preside, a la señora de atuendo deportivo. Parece ser que es la reina. Esto cada vez carece más de sentido. Termina el banquete, y me doy cuenta de que durante todo el rato solo oía ruido de fondo y veía mi plato.

El suelo está inclinado. Entra agua por todas partes. Alguien tiene sujeta mi mano y corre delante de mí, junto a más gente. Solo puedo ver su pelo negro y rizado.

Ahora estamos solos los dos, en una mesa pequeña, comiendo dulces. Me he perdido todo lo que ha pasado entre la cena y este momento. Dice durante la conversación, que en realidad es un monólogo, que mañana se volverá a su país. Sin entender qué está pasando, algo se rompe en mi interior. No conozco a este hombre de nada, pero pensar que no voy a volver a verlo me duele. Siento que mi vida depende de él.

Estoy en un baño común, al otro lado del patio. Me lavo las manos y, torpe como siempre, empapo la manga de la camisa; una camisa verde, demasiado grande para mí. Puedo oír su voz. Se reproduce en los cascos que llevo puestos y tengo conectados al móvil. Me dice que vaya a su habitación. Cuelgo.

Me dirijo al otro lado del patio, observando atentamente la manga mojada de esa camisa que no es mía. ¿De dónde habrá salido? Me suena de algo... ¡Es la misma camisa que he estado viendo durante toda la cena! Pero, ¿por qué la tengo yo? Y más importante aún, ¿por qué la llevo puesta? Esto es rarísimo. Atravieso la puerta más cercana a la mesa, que aún sigue en el mismo sitio.

Por algún extraño motivo, estoy en una habitación distinta a la de antes. Una chica rubia duerme en una cama. Se despierta y me pide las recetas de la cena. No recuerdo que ella estuviera en la cena. De todas formas, le digo que no las conozco y que tengo prisa. Resulta que sí que puedo hablar. Cruzo la puerta que queda a mi derecha, y me encuentro en una especie de salón. Vuelvo a ir a la derecha, y ya estoy en la habitación que buscaba. Él está ahí. Viene hacia mí. Sin decir una sola palabra, me aferro con fuerza a él, que me devuelve el abrazo. Rompo a llorar. Definitivamente, no quiero que se vaya.


sábado, 14 de septiembre de 2013

A ti

Gracias por existir.